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Bosquejo, más bosque que quejo.

¿Hay algo mejor que encontrar algo que escribiste hace millones de años y ver que se mantiene tan puro, tan original, tan vivo como en el momento en que fue escrito?¿Hay algo mejor que recodar el momento en que lo escribías? Si nevaba, si llovía, si habías dormido seis o siete horas, si habías comido bien o mal… ¿Hay algo mejor que revivir ese momento? Naturalmente que lo hay, pero ahora mismo no tengo conmigo más que este momento.

823 

-Le han intentado envenenar.

-¿Como?

-De hecho lo han envenenado, pero la cantidad no era la suficiente para causar la muerte – El doctor ya estaba recogiendo sus apechusques-.

-¿Pero por qué?

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267

El tren traqueteaba por cada metro de la vieja vía negra. ¿Cuanto llevaría ahí? ¿Cincuenta? ¿Cien años? ¿Un millón? Impasiva como cada viaje aguantaba los envites del tren cada tres semanas. Sus toneladas ejercían toda su fuerza sobre las delgadas ruedas metálicas. Este trayecto solo lo hacia este expreso, una vez cada tres semanas. Recorría miles de kilómetros, parando en cada pueblo que pasaba a recoger a los pasajeros que esperaban, cuando esperaba alguien. Así veintiún días, en las que se había concentrado, en ese espacio formado por una sinuosa línea de viejos vagones, todo tipo de personajes a cada cual mas variopinto.

                                    ***

267.0811

-Ojos de rata ha vuelto a asaltar la joyería del puente. Ya van tres robos en ella en cinco años.- Cuchicheaba la gente cuando se tenia constancia de otro asalto.
-No se que queda por robar por allí.
Populacho. 55. 10

-¿De donde viene?- Preguntaba la gente que lo veia desde la otra orilla del rio.
-De casa del doctor Lambert- Respondian los ya enterados.
Populacho. 55.10

822

La sala es pequeña. Muy acogedora, gracias a la luz amarilla que nace de la chimenea. Por la puerta abierta la luz del sol penetra, como rayos de una tormenta. Frente a la chimenea hay una mesa camilla vieja, y frente a esta una silla donde un chico, Gumersindo, ojea desinteresadamente un libro. De pie, junto a la puerta que da al patio, otro chico, Teodoro, parece vigilar que maleantes no entren a la salita. Un niño, Tomasín, corretea por la salita y el patio, a donde da la puerta.

TOMASÍN.- Algo fresco. Algo fresco. Algo fresco. Crea algo fresco. (Queda parado mirando a Gumersindo, ensimismado).

TEODORO.- (Dirigiéndose a la nada, o a la pared del frente, pues está claro que Tomasín no lo entendería) Claro, es muy fácil coger el bolígrafo y que las palabras broten como una planta. De hecho, a veces ocurre así. Todo surge tan lento como cuando plantas una lenteja entre algodones dentro de un yogur.

GUMERSINDO.- (Sin separar la vista del libro) Pero acaba saliendo. Al fin y al cabo la lenteja crece y tu, feliz, piensas que tu familia no volverá a pasar hambre. La realidad es bien distinta.

TEODORO.- (Aparta la mirada de la pared y la dirige hacia Gumersindo) Tu familia nunca ha pasado hambre. Ni siquiera en la guerra. Y además, feliz eres, con tu lenteja, a la que cada vez le van saliendo más y más capullitos. Pero es muy lento.

GUMERSINDO.- (Sigue sin separar la vista del libro) Si, es lento pero salen. ¿No es eso lo que quieres?

TOMASÍN.- (Totalmente desubicado en una conversación que él mismo ha iniciado pero que, desde el principio, había tomado unos matices incomprensibles para un niño de su edad) Yo aquí no veo nada fresco. Los mayores decís unas cosas que como para entenderos. Yo también tuve una lenteja y creció hasta el cielo. (Y se marcha a jugar al patio por la puerta de la salita).

TEODORO.- Desde luego que es lo que quiero. Pero a veces exprimir la mente más de la cuenta te hace escribir cosas que prefieres no leer. Y si su propio autor no quiere leerlas, imagina el lector.

Gumersindo, por primera vez, aparta la vista del libro y mira fijamente a Teodoro. Está serio, como el otro, que ha vuelto a dirigir la mirada a la pared. Son amigos. Se conocen desde que tenían la edad de Tomasín, pero, no obstante, desconfían el uno del otro como si fuesen enemigos. Tampoco estaba la cosa como para confiar mucho en otra persona. El mejor ejemplo fue la guerra, acaecida unos años atrás, y donde la confianza quedó destruida para siempre. Pero eran amigos. Los amigos suelen ser para siempre.

GUMERSINDO.- ¿Qué importará el lector? Escribe para ti. Si a ti te gusta lo que opine el lector es secundario. Tenemos la manía de hacer muchas cosas pensando en los demás, y eso está muy bien, por ejemplo a la hora de hacer la comida, o una fiesta. (Exaltándose un poco más de lo que estaba) ¡Pero por Dios! No cometas el error de escribir para gustar a la gente. ¿Acaso Dante quiso gustar, o simplemente quiso expresar determinadas cosas imposibles por otros medios?¿O Cervantes? Si algo está bien escrito, que más da que opinen otros. No está hecha la miel para la boca del asno. Ellos se lo pierden.

TEODORO.- (Mirando a Gumersindo y haciendo aspavientos con los brazos) ¿Como consigo la fama entonces? ¡Tengo que gustar a la gente para que lo comenten!

GUMERSINDO.- (Volviendo la vista al libro, relajado) Entonces di lo que quieren oír. Pinta lo que ellos quieren que pintes. Viste como ellos te digan. Aprende lo que ellos te requieran. Lee lo que a la mayoría guste. Escribe lo que todos ya han escrito.

Este mensaje simple y conciso pilló a Teodoro desprevenido. Durante unos segundos estuvo dando vueltas por la salita mirando al suelo, muy despacio. De vez en cuando mascullaba algo entre dientes, incomprensible. Se estaba poniendo nervioso, no por las palabras de su amigo, si no por la incapacidad en ese momento de plasmar lo que quería. Tenia tanto que decir, tantos sentimientos que expulsar para quedarse tranquilo, tantos mensajes que comunicar y tanta información que revelar que parecía que, al intentar querer salir toda a la vez, se atascaba. Teodoro era una amalgama de sentimientos y desdichas, desamores y amores, aventuras y aburrimiento. Su cabeza era un auténtico hervidero de historias, de donde si se encontraba inspirado surgía lo mejor jamás leído, pero pocas veces esto había sucedido. Ninguna quizás.

TEODORO.- (Agobiado. Rojo de tanta furia. Las lagrimas asomaban por sus ojos y su gesto estaba contraído. No obstante, lo que dijo, no lo gritó, si no que lo masculló entre sollozos, casi como un susurro que solo Gumersindo pudiese escuchar. Tampoco iba a alterar a Tomasín, que correteaba por el patio.) ¿Hay algo peor? Dímelo. ¿Hay algo peor que tener tanto que decir y tan pocos medios para transmitirlo? Tantos sentimientos. Tantas penas. ¿Hay algo peor que no poder curarlo? Cuando sabes que el único modo de olvidarlo es contándolo y, no obstante, no puedes. No por que no te salga, por que está ahí, lo ves, ¡Lo estás viendo!, si no por que tu cabeza no se pone de acuerdo para transmitirlo. (Se calma un poco, pero entre sollozos continua) Dime Gumersindo, ¿hay algo peor que conocer tus males, conocer la cura de ellos, y no poder usarla por miedo?

GUMERSINDO.- (Hacía rato que había apartado la mirada del libro y miraba a su amigo, serio, inamovible. Pero acabó levantándose, se acercó a su amigo y posó su manos sobre su hombro, intentando animarlo, pero seguía serio. Con la misma serenidad habló.) Que la lenteja muera, amigo. Lento o no todo sale. Entiendo como te sientes. Por lo que has pasado y por lo que pasarás. Pero la lenteja no debe morir. Debes seguir intentándolo. Un capullito se marchitará, y otro, y otro más, pero detrás vendrán nuevos capullitos verdes. Eso es tu vida Teodoro. Capullitos que se marchitan y nuevos que nacen. Eso es lo que debes plasmar. La vida es lenta, y por eso escribirla es algo lento, arduo y complejo. No dejes que la planta se quede sin agua. Hay que humedecer ese algodón hasta que sepamos que ni un solo capullito más va a brotar.

TEODORO.- (Recomponiéndose parcialmente y mirando a los ojos a su amigo) El algodón está muy seco, Gumersindo. Ningún capullito más va a brotar. No es una cuestión de mostrar o no. Se que puedo hacerlo. Pero el mero hecho de necesitar recordar para olvidar me destruye. ¿Qué solución es esa? Ya te lo digo yo: ninguna.

GUMERSINDO.- Pues no escribas. No lo muestres. Así no tendrás problemas de si gusta o no. No tendrás que recordar y no tendrás que agobiarte por que las palabras no salgan.

TEODORO.- Mientras viva, los recuerdos me perseguirán, como un lobo a un moribundo que huye por el bosque. Puedo intentar huir. Ocultarme de ellos. Camuflarme. Pero volverán. Volverán a atormentarme. Solo los recuerdos, los hechos, son capaces de seguirte para siempre hasta que mueres. La única solución es la muerte. Dime, ¿Mejor morir?

Gumersindo seguía sereno con el brazo apoyado en su amigo, que sollozaba encogido. Le afectaba mucho ver así a Teodoro, pero lo conocía bien. Era un muchacho débil de alma, pero valiosísimo. Pocos como él habría en el mundo. Tan dócil e inteligente. Pero tan débil. Pequeños detalles que no pudiese ejecutar al momento, como escribir lo que un niño de seis años le pedía, como para plantearse que la solución era la muerte. Ni mucho menos su vida estaba tan llena de problemas como la de cualquier muchacho de su edad. Se borraría con el tiempo. Acabarían por desaparecer y otros problemas más gordos lo sustituirían. Pero ya habría madurado y no le afectaría tanto, o eso quería su amigo. Realmente temía que un día, por estos mínimos detalles, se quitase la vida. Había muchas cosas que desconocía de su amigo, era normal, pero no tan graves como para que le cambiasen tanto la vida. Gumersindo lo achacaba todo a la debilidad.

TEODORO.- (Tras unos minutos de sollozos se recompuso por completo. Se secó las lágrimas con el brazo y con los ojos aún rojos de tantos lloros miró directamente a Gumersindo. La preocupación de su rostro, el agobio, el miedo, ese gesto que lo había contraído por completo desapareció, y se sumó al de serenidad de Gumersindo) ¿Sabes qué? Me persigue. Realmente me persigue. Por un bosque negro, putrefacto, salpicado de pantanos verdes que hieden a muerto y burbujean gases de la descomposición de los cuerpos, en la oscuridad. (Volviendo la mirada a la pared del fondo, con la mirada casi perdida) Yo corro, ¡Claro que corro! Pero ella es más veloz y acabará por darme caza. No es fácil huir de quién ya no existe. Al final, lo que yo creo, es que solo quiere que se sepa la verdad. Pero me río yo de eso. Nadie debe saberla nunca. Y si, es cierto, podría corromperme, pero al final peor es soltarla. Moriré con ella si es preciso. Moriré sin escribir nada más si para ello tengo que mantener el secreto. Pero nadie sabrá nada. Nunca. Jamás. ¡Que me persiga si quiere! Yo seguiré escapando como llevo haciendo siempre. No puede tocarme. Al final, su única arma es el miedo, y no pienso volver a caer en su juego. No Gumersindo, no. Me has abierto los ojos. No escribiré más. Y lo importante es que ella seguirá muerta, pudriéndose allá donde solo yo se, con las cuencas de los ojos llenas de gusanos y su ropa desilachada y sucia. Nunca encontrarán su cabeza. No se por que tenía tanto miedo. Al fin y al cabo solo está muerta.

GUMERSINDO.- (Su rostro, otrora sereno, contenía una mueca de horror y espanto hacia la descripción de su amigo y su cara de demente. Por momento parecía sonreír mientras relataba esos horrendos pensamientos. El gesto de Gumersindo no podía expresar el miedo que sentía. Ni la sorpresa de que su amigo realmente estuviera loco. Balbuceaba.) Claro Teodoro, ella está muerta.

En sus adentros se preguntaba quién era ella, si realmente existía o era una alucinación de su amigo, y desde luego si fuese quien fuese estaba muerta, si este la había matado, si realmente la había decapitado. Tantas preguntas en tan poco tiempo que Gumersindo solo quería huir de ahí, y la mejor baza era Tomasín.

GUMERSINDO.- (Mirando hacia el patio) ¡Sí Tomasín, ya voy! (Y abandonó a su amigo en la salita)

Y ahí quedó Teodoro, sonriente, con la mirada perdida y fija en la pared de enfrente, donde se escondía su más grande secreto.

                           ***

02/12

-Hoy a desaparecido una joven. Bella como la primavera, y aun virginal. Con cabellos rojos como el fuego, y flor de rosa. Blanca como el marfil, y con los ojos verdes como hojas.- Solía decirse los días previos al treinta de diciembre.
-Seguro que monsieur Ratton da buena cuenta de ella.
Populacho. 55. 10